MI CAMINO Y MI PROPÓSITO

El autocuidado como camino hacia una vida con sentido

Mi camino hacia el cuidado comenzó mucho antes de convertirme en enfermera.

Con apenas 18 meses de vida atravesé una situación muy delicada que puso en riesgo mi salud. Aquella experiencia, aunque vivida desde la infancia, marcó profundamente mi historia. Desde muy pequeña conviví con el asma y las alergias, y eso me enseñó algo que más tarde comprendería con claridad: la importancia de cuidarse y escuchar el propio cuerpo.

El autocuidado no llegó a mi vida como una teoría, sino como una necesidad. Aprendí desde niña a responsabilizarme de mi bienestar y a comprender que cuidarse no es un lujo, sino una forma de sostener la vida.

Con el tiempo, ese aprendizaje se transformó en vocación. Elegí la enfermería movida por un deseo profundo de acompañar el sufrimiento de los demás, quizá también como una forma de comprender y sanar mis propias heridas del alma.

Durante más de veinte años he acompañado a personas en momentos de vulnerabilidad, en hospitales, centros de salud y comunidades. He sido testigo del dolor, del cansancio y también de la enorme capacidad que tenemos las personas para adaptarnos, aprender y transformarnos cuando encontramos sentido a lo que vivimos.

Hubo un momento que marcó un antes y un después en mi camino: un viaje de cooperación que supuso un verdadero despertar interior. Allí comprendí que muchas veces ayudamos desde nuestras propias necesidades, sin escuchar realmente las de quienes queremos acompañar. Entendí que ayudar no es imponer soluciones, sino facilitar que cada persona descubra y fortalezca sus propios recursos.

Y comprendí también algo esencial:
para acompañar de forma honesta y coherente, primero necesitamos cuidarnos a nosotros mismos.

Desde entonces, mi camino personal y profesional comenzaron a caminar unidos. Sentí la necesidad de ampliar mi mirada y comprender la salud desde una perspectiva más amplia: entendiendo que somos cuerpo, emoción, alma, energía, historia, vínculos y comunidad.

De ese proceso nació Escuela para la Vida, un espacio desde el que acompaño, a personas, profesionales sanitarios y organizaciones en el desarrollo de estilos de vida más conscientes, saludables y sostenibles. A veces sola y otras a través de equipos de  personas con miradas complementarias a la mía con las que comparto propósito.

A lo largo de estos años he acompañado a cientos de personas en procesos de autocuidado y bienestar, creando espacios donde detenerse, escucharse y reconectar con lo esencial. Mi trabajo integra el conocimiento científico con una mirada profundamente humana, respetuosa y centrada en la persona.

Hoy acompaño a las personas para que vivan una vida con más sentido.
Para que puedan escucharse.
Para que aprendan a cuidarse desde la coherencia.
Para que descubran que el bienestar no se impone desde fuera, sino que se cultiva desde dentro.

Soy una persona empática, curiosa, apasionada, comprometida, cercana y creativa, y creo profundamente en la capacidad que tenemos para transformar nuestras vidas cuando recuperamos el sentido.

Creo también que no podemos ofrecer aquello que no cultivamos en nuestra propia vida.
Por eso, mi trabajo nace de mi propia experiencia, de mi búsqueda personal y del compromiso profundo con una forma de cuidar más humana, más consciente y más nutritiva.

El sentido no se encuentra fuera: se cultiva desde dentro. 

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